miércoles, octubre 18, 2017

Cumpleaños... ¿feliz?

N. de la R.: Este post trata abiertamente sobre el sectarismo. Por la misma razón, no se aceptan críticas de ninguna clase.

13 de octubre. Viernes 13. Coincidía el día de mi nacimiento una vez más. Pocas veces ha pasado. Y salvo la intervención de poquísimas personas, este 39 aniversario pasó como uno de muchos: un acontecimiento para lamentar, para el olvido.

Usualmente no me hago muchas ilusiones en los días previos a mi onomástico, empezando porque sé que, como ha sido costumbre desde hace mucho tiempo, los regalos y los detalles brillarán por su escasez. Debo ser muy complicado entonces: a pesar de ser un conocido coleccionista de cerveza, a nadie se le ha ocurrido obsequiarme una jarra, vaso, toallita, bandeja, alguna cosa relacionada con ese néctar de lúpulo y malta. A pesar de ser un consumado aficionado al fútbol mundial, a nadie se le ha ocurrido regalarme una camiseta de alguna selección desconocida o de gloria efímera (como una camiseta de la selección danesa, argelina, iraní, camboyana, qué se yo), o de uno de esos clubes de historias épicas, dignas de ser contadas (al estilo Cobresal en Chile, San Pauli en Alemania, Vasas en Hungría, Amica en Polonia...). A pesar de ser un aficionado a la lectura, a excepción de la mujer que mira al mar, a nadie se le ha ocurrido obsequiarme un libro. Y esta es la peor de todas: Me encanta Steven Universe. Pero a nadie se le ha ocurrido, por ejemplo, imprimir una camiseta similar a la de Steven. Medio en serio, medio en broma, alguien me preguntó cómo imaginaba que sería mi festejo de cumpleaños. Como una macabra coincidencia y usando un humor negro, como una piedra ónice, dije algo así como que "sería una celebración al mejor estilo de refugiados bosnios en plena guerra balcánica". Dudo muchísimo que en la guerra balcánica se pudiera conseguir torta de chocolate con relativa facilidad; salvo ese detalle, la soledad de la familia (mi familia, no hermanos, no padres) fue igual que esas imágenes en donde los pocos sobrevivientes de una familia tratan de sonreir, olvidando un poco la desgracia que los rodea.

Cuando el lunes festivo llegaba a su fin, recordé una escena de esas películas que me han dejado una huella profunda. Se trata de "Wanted". 



The hatred Janice.
"Wesley: [yelling to Janice] Shut the fuck up!
[the office grows quiet]
Wesley: [to co-workers] She has one single iota of tenuous power. She thinks she can push everyone around.
[grabs Janice's stapler]
Wesley: You don't need this.
[throws stapler into the wall of his cubicle]
Wesley: I understand. Junior high must've been kind of tough, but it doesn't give you the right to treat your workers like horseshit, Janice. I know we laugh at you, Janice. We all know you keep a stash of jelly donuts in the top drawer of your desk.
[crouches down]
Wesley: But I want you to know, if you weren't such a bitch, we'd feel sorry for you. I do feel sorry for you. But as it stands, the way you behave - I feel I can speak for the entire office when I tell you... go fuck yourself."

Janice, la odiosa supervisora de la oficina donde Wesley trabaja, es una de esas curiosas combinaciones de víctima de bullying a victimaria desde su pequeño poder. Janice, a quien todo el mundo le celebra su cumpleaños (ya sea por temor de sus subalternos o por agradecimiento hipócrita de sus superiores, o ambas), es la muestra de que muchos los que disfrutan de muchas celebraciones en sus onomásticos... tienden a ser personas que, año tras año, ven premiada su crueldad. Y eso se ve en muchos niveles, en muchos escenarios.

Aún recuerdo ese "festejo" de 2005 en el que terminé solo en la barra de un bar, bebiendo con una desconocida, que me tiró a un taxi con la dirección de la que en ese entonces era mi casa. Todos y cada uno de los que llamé para que me acompañaran a tomar una cerveza conmigo me rechazaron. ¡Maldita sea, era mi cumpleaños, el único día que podría decir que tiene medianamente significado para mí, como individuo! (los aniversarios, el cumpleaños de mi hijo ya son otra cosa). Y desde ahí empecé a mirar con mucha desconfianza el tema de mi onomástico. Y a dudar sobre mi persona; sobre la posibilidad de merecer una fiesta sorpresa (ese deseo nunca en la jodida vida se me va a cumplir, ¡nunca!), más aún teniendo en cuenta que la mejor fiesta de cumpleaños a la que he asistido la hizo un amigo que cada vez que me ve, me dice lo mismo: "no entiendo cómo un tipo tan pilo como Ud es amigo mío". Yo soy el que no entiende como un gusano como yo puede ser amigo de semejante rockstar. Porque eso fue esa fiesta: un evento digno de rockstars, donde hubo drogas, sexo, techno (pero claro, para los otros invitados), trago, cigarrillos y mucha y deliciosa comida (eso sí, para mí y mi acompañante, la mujer que mira al mar).


Hace un tiempo conocí a una persona, una señora ya hecha y derecha, con una hija, una separación a cuestas y una historia de vida que es fiel reflejo de lo que tiene que soportar una mujer cuando trabaja rodeada de hombres. En medio de todas las charlas que tuvimos sobre la vida y peripecias de cada uno, ella me hacía una afirmación: "cuando quieras que la vida te conceda algo, solo tienes que desearlo con todas tus fuerzas". Mi respuesta fue: "podría hacerte una lista enorme de todas las veces que he terminado como un idiota viendo cómo algo en lo que había cometido el ridículo error de 'visualizarme', de 'sentirlo real', terminaba saliendo exactamente de forma opuesta a como lo había planeado". 

Voy a enumerar solo 5 situaciones; con esas tengo. Y cada una de esas 5 situaciones es de un tema totalmente distinto. Empecemos:

Quinta: el fracaso como escritor. Dos veces me presenté a un concurso de cuento. Y me presenté con la idea imbécil de "visualizarme" en Berlín (el premio era una residencia de creación durante 1 mes en la capital alemana, patrocinada por el Goethe Institut y la Alcaldía Mayor). En la primera vez, no pasé de la preselección. Y en la segunda... tampoco. Cuando me sugirieron presentarme por tercera vez, sólo atiné a decir: "a la mierda ese concurso; para crear literatura no sirvo". (N. de la R.: este blog tiene un blog hermano, en donde el suscrito juega a juntar palabras y a hacer rimas. Esa mierda no es poesía. Esa gran hijueputa mierda no es nada).

Cuarta: tres veces rechazado. He rodado por cuanta firma de ingenieros ha sido posible. Firmas pequeñitas, claro, con aspiraciones modestas y salarios de "hambre", pero en un país donde la informalidad y la desocupación son el pan de cada día de miles de personas, hay que agradecer tener el grillete puesto en el tobillo. Solo 3 veces me he presentado a firmas multinacionales. En las tres veces (y haciendo el mismo ridículo ejercicio de "visualizarse", de "sentirse parte" de cada empresa) fui rechazado. Ahora navego entre un trabajo con una paga más que pésima y una cantidad de contratitos que no puedo ni siquiera ofertar, por un sin fin de razones. Tengo lo que queda de este año para salir de deudas; con ello podré volver a uno de mis pasatiempos favoritos: botella de Black & White y mucha cerveza cada quincena. Espero que ese anhelo sí esté dentro de una suerte de "aspiraciones alcanzables".

Tercera: A la mierda el posgrado. En 2010, lleno de una ilusión inusitada (en la que incluso cometí el error de publicar un post, "Back to U... N.", hoy día archivado), me presenté a un posgrado en la Nacional, mi alma máter. Era una especialización en un tema que me ha apasionado siempre: iluminación interior y alumbrado público. Una vez admitido, cometí la gran cagada de "visualizarme", de "sentirme graduado" de esa especialización, y con todo el ánimo que daba el inicio de una presunta nueva etapa, iría a la primera clase. Con lo que yo no contaba era que la empresa a la que me había presentado como Ing. de proyectos (que por cierto me aceptó como empleado justo una semana antes de la primera clase) y que geográficamente hacía que el plan saliera "perfecto" (quedaba ubicada en el 7 de agosto, a 20 min de la Universidad), me tendría la experiencia más amarga de mi vida laboral: ser Ing. residente de mantenimiento en el MinHacienda (en la gran puta mierda, sin posibilidad de salir temprano, a veces sin posibilidad de salir), situación que me metió en un limbo de reglamento del cual aún no he podido salir. Si quisiera presentarme de nuevo a esa especialización, tendría que solicitar audiencia al Consejo de Sede para que la Facultad hiciera caso de una sentencia expedida por el mismísimo Consejo de Sede, pero que aun no se ha llevado a cabo: limpiar mi historia académica. Cada vez que pienso en un posgrado recuerdo que cuando fui a Medellín... mejor cuento eso en el siguiente punto.

Segunda: Sin derecho a soñar. 2016 era un año que, en el fondo de mi corazón, quería que fuera diferente. Deseaba darle un revolcón a muchas cosas que me causaban inquietud y que me atormentaban sobremanera. Así que (y luego de una sesuda consulta al interior de la casa, buscando cuál podría ser la mejor opción para vivir en todas las ciudades de Colombia) Medellín se terminó convirtiendo en ese destino soñado.Y fue como si hubiera sido planeado por los dioses: la entevista perfecta, un salario bueno, la oportunidad de aprender cosas nuevas, de por fin poder colocar en mi HV un cargo de líder (coordinador de diseño eléctrico)... la oportunidad perfecta para empezar de nuevo. Lo único que puedo decir es que yo realmente estaba poniendo todo de mi parte para que ese anhelo de empezar de nuevo en una ciudad que (digan lo que digan) es maravillosa. Tanto así, que había alcanzado a preguntar cómo inscribirme en la Universidad de Antioquia para hacer un MBA (cuyo horario de viernes en la noche y sábados todo el día poco interfería con mi jornada laboral) y soñaba con que eso realzaría mi HV. Infortunadamente, no ocurría lo mismo aquí en Bogotá, y mientras yo hacía esfuerzos sobrehumanos para pagar doble arriendo y saltar matones allá (terminaba cada quincena con lo justo, y muchas veces tenía que sobrevivir comiendo pan tajado y tomando tinto), aquí faltaron fuerzas de flaqueza y la valentía para sobreponerse a un par de meses duros, que tendrían como recompensa cosas mil veces mejores. Inclusive, hay un detalle en particular: había una casa que estaba en venta; una casa hermosa, de 2 pisos, con una arquitectura bastante sobria. Cuando vi esa casa por primera vez, admito que me enamoré, y ahí fue donde la cagué: me "visualicé" en esa casa, me "sentí dueño" de esa casa, imaginando recibir a mis amigos, haciendo fiestas, asados, duelos de shots. Y la última vez que fui a Medellín, ya la habían vendido. Por eso, cada vez que cometo la idiotez de soñar en algo, de una vez la parte realista me hace entrar en razón y mejor me preparo para la zancadilla, que puede venir de cualquier parte.  Y hablando de zancadillas...

Sonrío como si me importara. Pero es algo que perdi hace tiempo: las ganas de sonreir. Cada vez que lo hago, es por optimismo. Y cada vez que me siento optimista, de una sola cachetada la vida me planta en mi miserable y habitual lugar: el de gusano.


Primera: agradecer lo que se tiene. Hace 5 años cometí un error que pudo haber acabado con mi vida de forma más temprana. A estas alturas ya no sé si puedo decir que fue "afortunadamente" o "infortunadamente". Es más, si todos los caminos de la vida (que no han sido como yo pensaba, ¡nunca!) conducen a la inevitable muerte, ¿por qué carajos debería agradecer la postergación de lo inevitable? Podría decir que ese maldito optimismo me salvó (aún me pregunto de qué...) y terminé recomponiendo una relación que estaba más muerta que viva, llegando incluso a desconocer a quienes habíamos protagonizado tan deleznable capítulo de vida: con peleas y reproches a diario, no entiendo cómo esa relación no finalizó de forma brusca, dolorosa, humillante e hiriente. La verdad, no lo sé. Aunque estuvo a punto de ser así. En un ambiente tan hostil, y siendo paño de lágrimas de otra persona que pasaba por una situación medianamente similar (mi pareja no me entiende, llega malhumorada, le perdí la fe...), solo era cuestión de tiempo para que cada uno viera con ojos diferentes al otro, creyendo que cada uno hallaría la redención en los brazos del otro, lo que me llevaría de cabeza a cometer un error, de la mano de otro. Y ese "error" de imaginarme construyendo una vida en pareja, en medio de las cenizas de dos relaciones fallidas, terminó mandando todo a la mismísima mierda, con una frase recibida de los labios de esa persona, que sólo la muerte me haría olvidar: 

"Nunca fuimos pareja. Lo nuestro sólo existió en tu imaginación".

Acabo de cumplir 39 años. He rodado víctima de mi optimismo exacerbado, de fracaso en fracaso. Cada vez más grande. Cada vez con menos ganas de seguir luchando. Cada vez más cansado. Cada vez más pesimista, porque al menos siendo pesimista se puede aceptar vivir una vida mediocre, sin metas más allá de una botella de whisky cada quincena. Al menos eso, eso termina estando a la mano sin tener que "visualizarse", sin tener que "sentirlo real". Sin mujeres ladinas, sin sicólogos radicales, sin gente dispuesta a hacer trizas los sueños... sólo estar ebrio y ya. Nada más importa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hmm... vea pues, yo pensé que todos los (entonces) jóvenes oyentes de La Silla Eléctrica hace doce años, todos habían tenido historias lindas, futuros bellos, vidas facebookeables, envidiables, todos menos yo. Bueno, somos dos los fracasados, aunque usted es de la liga de quienes fracasa haciendo. Muy distintos somos, pero muy parecidos. No deje de escribir, JD.